EL SILENCIO DE LA TIERRA: Una historia escrita por jóvenes contadores de historias de México
"Mientras Don Juan hablaba, en su mirada se podía observar el deleite de recordar esos campos verdes y llenos de vida, con familias completas trabajando la tierra."
Como parte de una actividad del proceso de los Jóvenes Contadores de Historias con Centéotl en México, las y los participantes se aventuraron a realizar una pequeña crónica periodística desde su propio territorio. El ejercicio fue pensado como una experiencia práctica para fortalecer habilidades de escritura y de investigación, así como para poner en juego distintas herramientas de observación y análisis del contexto.
A lo largo del proceso, los jóvenes trabajaron en la preparación de entrevistas, tanto planificadas como espontáneas, y en el desarrollo de habilidades de interacción con las personas de su comunidad. El objetivo fue aprender a escuchar, hacer preguntas, registrar información y reconocer los elementos que dan forma a una historia local.
El resultado de este recorrido se materializó en un texto acompañado de fotografías, que buscan dar vida a una historia del territorio contada desde la cercanía y la experiencia directa.
Autores: Rebeca Rubí Martínez Sosa, Felicitas Gutiérrez
Testimonios: Juan Nepomuceno Contreras, Emilia Sosa
Apoyo: Wilber Cuevas

EL SILENCIO DE LA TIERRA
Cinco de la mañana. Abro mis ojos y, a lo lejos, se oye el cantar de los gallos. Mi cuerpo ya conoce la rutina, esa rutina que desde los seis años de edad he llevado conmigo. Para quienes no me conocen, soy Juan Nepomuceno Contreras Lazo y mi esposa Emilia Sosa; ambos somos originarios de Teotitlán del Valle, y nuestros ojos han sido testigos de un cambio que creímos tardaría muchos años más en llegar, sin embargo, con tristeza puedo decirles que hoy lo estamos viviendo.
Quizá aún no entiendas mi preocupación y tristeza -continua- pero todo inicia con esa rutina que mi padre me inculcó. Todos los días, a las cinco de la mañana, mi padre me despertaba para dirigirnos al pie de la montaña El Picacho, aquel cerro tan conocido en la comunidad por sus grandes campos de alfalfa, milpa, frijol y calabaza.
Mientras Don Juan hablaba, en su mirada se podía observar el deleite de recordar esos campos verdes y llenos de vida, con familias completas trabajando la tierra.
Nosotros no éramos la excepción, siempre nos dirigíamos a nuestros terrenos acompañados de nuestra yunta y borregos. Mientras caminaba junto a mi padre podía sentir el sereno caer sobre mi cabeza, el aire fresco de la mañana tocar mis mejillas y el olor particular de la tierra que siempre recordaré.
También recuerdo cómo a esa misma hora, mi madre solía salir de la casa cargando su tenate de nixtamal, su caminar siempre se dirigía a los molinos del pueblo. Aquel lugar donde desfilaban las cubetas del maíz de toda la comunidad, listo para ser convertido en masa para unas tortillas calientes hechas en comal.
Hace 68 años todo era diferente, todas las familias podían disfrutar de un plato de frijol con tortillas calientes hechas con nuestro propio maíz, aquel que ha sido sembrado y cosechado por la misma familia.
Con cada palabra que sale de su boca, el pasado cobra vida y el campo nuevamente parece más vivo y colorido cuando dice “yo recuerdo que antes llovía muy bien; incluso mi padre sembraba dos veces al año. Primero sembrábamos en el mes de febrero, y posteriormente en el mes de junio. En ese tiempo mi padre tenía un par de yuntas con las que sembrábamos alfalfa. Antes las lluvias iniciaban desde el mes de febrero y el agua era tan abundante que se almacenaba en las tomas del río y regábamos gustosos nuestro cultivo.
En junio, solo con el agua de las lluvias crecían los campos. En aquel tiempo mi familia acostumbraba a sembrar el maíz blanco, morado y amarillo, además de frijol y calabaza.
Ahora hubo un cambio muy brusco que me preocupa. Los jóvenes se preparan para el futuro, pero se están olvidando de lo más importante, el campo. Aquella tierra tan valiosa de donde proviene todo nuestro alimento”.
La historia de Don Juan pesa, es la voz de aquel niño que vio llover donde hoy apenas caen unas cuantas gotas. A un costado en silencio se encuentra Doña Emilia, aquella persona que consigo trae una historia marcada por el mismo cerro El Picacho.
“Yo soy Emilia, esposa de Juan, pero también soy aquella niña que quedó huérfana de padre. Siendo tan pequeña mi madre nos enseñó a trabajar en el campo e incluso todavía puedo recordar esos momentos al pie de la montaña. En tiempos de cosecha era una felicidad inmensa ver al burro cargado de mazorca y calabaza. Todo gracias a las lluvias que nunca faltaban.
Pero los años pasan, la vida cambia y el clima también. Las lluvias cada vez son más escasas y la vida cada día es más difícil. Nos preocupa el futuro, ese futuro que vivirán nuestros nietos. Todos los días camino a mi terreno con la esperanza de sembrar un nuevo árbol, tal vez yo ya no pueda disfrutar de su sombra, pero tengo la esperanza que sean mis pequeños nietos quienes disfruten la frescura de esa sombra.”
Su mirada se pierde como recordando aquellos tiempos en donde las milpas brillaban, el mismo lugar donde la sequía llegó sin aviso.
“Se vienen tiempos difíciles; está cambiando la vida. Mi familia se ve afectada por el cambio climático, principalmente por la falta de lluvias porque ya no cosechamos mazorca como antes. El año pasado aun cosechamos algunas calabazas, pero este año ninguna.
Ahora, para que las tortillas nos alcancen, tenemos que comer tortillas de fábrica y algunas de nuestro propio maíz. Pero no perdemos la esperanza, aún seguimos cuidando el campo, seguimos sembrando árboles con la esperanza de que vuelva a llover.
Sin embargo, me preocupa mucho pensar que en 20 años ya no habrá agua. Muchas cosas desaparecerán y me angustia el futuro de mis nietas”.
En su voz se puede sentir la mezcla de duelo y esperanza. Cada palabra es una semilla, unas cargadas de tristeza y otras más de esperanza.
La historia de Don Juan y Doña Emilia es la historia de quien ha visto como el campo se queda en silencio y han vivido las consecuencias del cambio climático. Hoy, cada palabra pesa más que la anterior, porque no solo es tristeza sino advertencia. Son caminos que comenzaron separados y que hoy son uno mismo, la misma lucha, el mismo amor y respeto por la tierra.
En Teotitlán del Valle, el cambio climático y el relevo generacional representan esos terrenos que se están quedando en silencio en donde alguna vez hubo risas y trabajo, es aquel maíz que no alcanza, esas calabazas que un día llenaron los rincones de la casa y hoy no aparecieron, son también los árboles que se plantan y se riegan con la esperanza de ayudar a que regrese el tiempo de antes y que alguien, algún día pueda disfrutar su sombra.
Aquí donde las artesanías brillan para el mundo, la tierra comienza a guardar silencio.








